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Esta semana, en La Silla Rota, escribí sobre regresar al gobierno y quedarme con la sensación de mejor no volver más. Hablo también un poco de Coyoacán.
En El Sol de México abordo el tema con otro enfoque, la lección de alguien que siempre procura tener buena relación con todas las personas, me refiero a Giovani Gutiérrez.
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Cuando tenía cinco años construían un edificio en el predio contiguo al del kínder donde estudiaba. Todas las clases me apresuraba para cumplir con mis asignaciones, luego pedía permiso a la maestra para mirar la obra desde el barandal contiguo al salón.
Alguna vez escuché una conversación en la que mi madre manifestaba interés en buscar departamento. De inmediato intervine y promoví los que estaban construyendo «en Coyoacán». La reacción de mi mamá fue decir que era «muy lejos».
Ese «muy lejos» es hoy mi hogar. El Coyoacán de mi párvulo imaginario era tan solo la «Avenida Coyoacán».
La ciudad de mi mamá era más pequeña que la mía. Vivíamos en la Del Valle, ella trabajaba en Reforma, yo estudiaba a 8 calles de la casa y los domingos visitaba a mi padre en la Condesa. No obstante, en mi cabeza la ciudad se construía por pedazos.
Un día, de camino a la casa de una de las amigas de mi hermana, en Pedregal de San Francisco, atravesamos el Centro de Coyoacán por Centenario. Lucía expresó con emoción, Es un pueblito. Yo clavé la mirada en los arcos del otrora atrio del Templo de San Juan Bautista, y sin expresar nada, allí comenzó mi historia como «Coyoacanense».
